Los retos sociales de ser mujer, madre y privada de libertad

“Mi nombre es María del Rosario Cáceres, tengo 31 años de edad, yo me dedico a la elaboración de comidas típicas y a la costura. La costura lo aprendí cuando estaba en el Centro de Readaptación, estuve 4 años detenida. Me incluí en los talleres vocacionales que hay en el centro verdad, entonces allí fue como fui aprendiendo pues la costura, entre otras cosas que se aprenden bordados, etc, cosas así, pero la inclinación fue más hacia la costura… Me ha servido mucho, mucho me ha servido porque al no encontrar una fuente de trabajo estable, aquí en la casa tengo como ganarme dinero sin necesidad de salir a trabajar… Yo tengo tres hijos, la mayor tiene 14 años, el segundo el niño tiene 11 años, y la última niña con 7; estoy tratando de ahora ser un buen ejemplo para ellos, porque o sea la experiencia que yo viví ellos la conocen, pero yo se los recalco y les digo que esas experiencias que yo tuve no les sirva para seguirla, sino que les sirva como un ejemplo a no seguir. O sea las consecuencias que a uno le trae tomar malas decisiones en la vida y lo que yo pasé, no me gustaría en ningún momento que ellos lo pasen. Yo me arrepiento, si de hecho me he arrepentido de lo que hice porque esa experiencia me llevo a valorar lo que ahora, lo que tenía y además aprender que es mejor ganarse la vida honradamente, a ganar un dinero fácil a los consecuencias que eso nos trae…” Ex privada de libertad. Documental Rosas Amarillas, ACISAM, 2016.


La historia de María al igual que otras mujeres que han recuperado su libertad tras salir de prisión, refleja los retos a los que tienen que enfrentarse en la sociedad las mujeres ex reclusas. Primero, el hecho de ser mujeres ya supone un reto dentro de la sociedad pues son víctimas de diversas formas de violencia y vulneración de sus derechos por las  relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres. Segundo, por haber estado recluida dentro de una cárcel son víctimas de discriminación y estigmatización, limitando el acceso a una inserción social. También, las mujeres que están dentro de prisión en especial las que son madres, son víctimas de prejuicios sociales y revictimización por no encajar en los roles de género“buena mujer” y sobre todas las cosas una “madre ejemplar” que esté al cuidado abnegado de sus hijos e hijas.

Shields (2008) describe que en las relaciones sociales, la identidad de cada individuo influye de manera profunda en las creencias y experiencia de género. En una perspectiva de interseccionalidad “el género construye y mantiene a las mujeres como un grupo subordinado al grupo de los hombres a través del tiempo y la cultura”. Si las mujeres, por el hecho de serlo ya son víctimas de discriminación en la sociedad, al darse la triada de ser mujer, madre y reclusa se activan e incrementan aún más los prejuicios y discriminación hacia este grupo.

¿Dentro de la prisión, se enfrentan las mujeres solo a la condición física de encierro o también luchan contra los prejuicios de la sociedad?

El contexto de encierro produce un impacto en la salud física y mental de las mujeres. Según Geiger y Fischer, (2016) conlleva una baja autoestima, falta de confianza en sí mismas y menor percepción de autoeficacia. En algunos centros penales, la calidad de vida de las mujeres se ve afectada por el hacinamiento, la dificultad en las relaciones interpersonales y de convivencia, el poco acceso a recursos de calidad vitales como alimentación, condiciones higiénicas y/o sanitarias, salud, la falta de apoyo social y familiar, entre otros. Asimismo, sumado a estas condiciones las mujeres también se enfrentan a los prejuicios y discriminación que existen en la sociedad.

Al contrastar estadísticas, como ha sido indicado por la Reforma Penal Internacional (2013), las mujeres privadas de libertad “representan entre el 2 y el 9 por ciento de la población reclusa general en la gran mayoría de los países”.

Los centros penitenciarios son ocupados mayoritariamente por hombres. En El Salvador, según la Dirección General de Centros Penales se tenía una población reclusa de 33. 381 hasta el mes de marzo de 2016.  Al separar la población por sexo, 30. 163 son hombres y 3. 218 mujeres que notablemente son un grupo minoritario (ACISAM, 2015-2016).Lo que en consecuencia genera que se diseñen políticas y programas carentes de un enfoque de género, que incluya atención a las necesidades específicas de las mujeres en la prisión y en especial, de aquellas que son madres y tienen consigo en compañía a sus hijos e hijas. En algunos centros penitenciarios los niños y las niñas que viven con sus madres dentro de prisión, carecen también de condiciones que pongan los derechos de la infancia en primer lugar. Pues no se trata solo de convivir con la madre para reforzar su apego, si no de garantizarles condiciones adecuadas para su desarrollo infantil.

Otro factor es que al tratarse las mujeres de un grupo minoritario y estar recluidas en cárceles específicas, dichos centros penitenciarios están ubicados generalmente lejos de sus hogares, donde residen sus familias y en algunos casos sus hijos e hijas. Lo que afecta gravemente a una de las principales necesidades de las mujeres como el mantenimiento de vínculos familiares (Reforma Penal Internacional, 2013).

Por otra parte Geiger y Fischer, (2016) encontraron en su estudio que las madres reclusas tienen dificultad para justificar de manera racional su comportamiento delictivo. Asimismo, no encuentran justificación que minimice el daño que consideran habían causado a sus hijos e hijas al abandonarlos por entrar en prisión. Algunas manifestaron que se habían involucrado en actos delictivos para mejorar las condiciones de sus hijos e hijas, mientras que otras mujeres reflejaron su inconformidad e indignación porque los tribunales las califican como “madres inapropiadas” y les retiran su custodia. Otras mujeres hacen atribuciones internas y muestran sentimientos y emociones como culpa, vergüenza que son consecuencia de la sensación de pérdida y abandono de sus hijos e hijas. Pero este proceso está reforzado por el sistema patriarcal que impera en sociedades como la nuestra, donde se le atribuye a cada individuo (hombre o mujer) funciones que se consideran inherentes a cada sexo; como se ha mencionado antes en las mujeres el rol de la maternidad y “ser madres abnegadas”. Esto provoca que se las juzgue socialmente por no proveer a sus hijos e hijas las condiciones mínimas para su desarrollo y no brindarles un cuido adecuado. También se las señala socialmente cuando se involucran en actos delictivos, para suplir algunas estas carencias o necesidades de sus hijos e hijas. Por otra parte, se invisibiliza que la mujeres reclusas han sido víctimas de la violencia de género o control que ejercen sus parejas para que se involucren en actividades ilícitas, vayan a prisión, cumplan una pena y estén separadas de sus hijos e hijas.

La sociedad deshumaniza y recrimina a las mujeres privadas de libertad, principalmente aquellas que son madres y tienen en compañía a sus hijos e hijas dentro de la cárcel. Aunque se desconozca esta situación, es un derecho reconocido y amparado por la Ley en diferentes sistemas penitenciarios: En El Salvador, según la Ley Penitenciaria, las mujeres podrán tener a sus hijos e hijas menores de 5 años, si no tienen otra opción para el cuidado y para fomentar el apego. Hasta el mes de abril de 2016, se tenían 140 niños y niñas conviviendo con sus madres diferentes centros penitenciarios de El Salvador, pero en torno al 90% de la población femenina interna en los centros penitenciarios son madres. Para las madres que no pueden tener a sus hijos e hijas dentro de prisión, las y los menores están al cuidado de su familia, siendo el 45% (ACISAM, 2015- 2016).

Hay múltiples causas por las que una mujer se involucra en actos delictivos. Entre ellas, no se puede obviar que las mujeres estamos socialmente en una situación de desigualdad en la que se percibe menor apoyo social, menos acceso a recursos, además de ser víctimas de diversas formas de violencia, de prejuicios y estereotipos. La sociedad, ya les falló una vez a las mujeres privadas de libertad por no permitir la igualdad de oportunidades, limitar el acceso a su educación, fomentar la brecha salarial entre hombres y mujeres, cometer negligencia con sus derechos sexuales y reproductivos.

Es importante que se diseñen programas de atención especializada a las mujeres privadas de libertad para fortalecer su salud física y mental durante su permanencia en la cárcel, y que facilite su inserción en la sociedad cuando salga de la misma. Además, es necesario intervenir con los y las profesionales del sistema judicial y penitenciario que trabajan con mujeres para reducir el sexismo visibilizar sus necesidades desde un enfoque de género. Aunque existen programas validados para la reducción del sexismo en El Salvador (de Lemus, Navarro, Velásquez, Ryan y Megías; 2014), como bien sugieren las autoras se deben adaptar para trabajar con el personal del sistema carcelario (desde agentes policiales hasta jueces) para reducir el sexismo. Pues en consecuencia influye en el comportamiento y actitudes cuando tienen contacto con las mujeres, siendo necesaria la sensibilización y erradicación de cualquier forma de discriminación. Como sociedad es nuestro deber informarnos, ser conscientes de los propios prejuicios, estereotipos y trascender por cambiar nuestro pensamiento que repercute en la vida de María y muchas mujeres más que necesitan que la sociedad respete sus derechos.

Si te ha interesado la temática abordada, te invito a ver los siguientes documentales “Rosas Amarillas” https://www.youtube.com/watch?v=miS2P5AugRM

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“Comenzando de nuevo” https://www.youtube.com/watch?v=H3TYj4E3FBU

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Diana Barrera


BIBLIOGRAFÍA

ACISAM. (2015). Documental Comenzando de Nuevo. Por Asociación de Capacitación e Investigación para la Salud Mental, publicado el 15/ enero/ 2016. Disponible en:https://www.youtube.com/watch?v=H3TYj4E3FBU

ACISAM. (2016). Documental Rosas Amarillas. Por Asociación de Capacitación e Investigación para la Salud Mental, publicado el 25/ noviembre/ 2016. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=miS2P5AugRM

ACISAM. (2015- 2016). Mujeres privadas de libertad en El Salvador: “Realidades y Proyecciones”.Asociación de Capacitación e Investigación para la Salud Mental. El Salvador.

de Lemus, S., Navarro, L., Velásquez, M., Ryan, E., y Megias, J. L. (2014)  From Sex to Gender: A University Intervention to Reduce Sexism in Argentina, Spain, and El Salvador.  Journal of Social Issues, 70, 741-62.

Geiger, B., y Fischer, M. (2016).Naming Oneself Criminal: Gender Difference in Offenders’ Identity Negotiation.International Journal of Offender Therapy and Comparative Criminology. 49, (2), 194 – 209 pp. DOI: 10.1177/0306624X04270552

Reforma penal Internacional. (2013). Mujeres privadas de libertad: una guía para el monitoreo con perspectiva de género. Disponible en: http://www.apt.ch/content/files_res/women-in-detention-es.pdf

Shields, S. (2008). Gender: An Intersectionality Perspective. En Sex Roles (59). 301-311 p. DOI: 10.1007/s11199-008-9501-8

 

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