Encerradas

59.681 personas, 4.452 mujeres. “Estamos en terreno de hombres”.

La prisión actúa como una sociedad en la que las mujeres son marginadas, son objeto de prejuicio dentro y fuera, conozcamos su realidad.


De acuerdo con los datos de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, en las cárceles españolas actualmente se encuentra preso un 5% de la población, de este porcentaje, las mujeres representan apenas el 7%, lo que deja entrever que éstas se encuentran en una situación doblemente vulnerable: forman parte de una minoría social excluida catalogada como “delincuente” y son minoría en su “nuevo” contexto, un contexto ideado, materializado y confeccionado por y para hombres. Por si esto fuera poco, tanto dentro como fuera de prisión, las mujeres se enfrentan a un duro golpe patriarcal: la estigmatización de una mujer que no ha sabido comportarse, se ha salido de su rol y se ha convertido en una criminal, en otras palabras, es la “antimujer” (Herrera, 1993).

No es baladí esta cuestión, la población reclusa en general, y las mujeres en particular, son víctimas de numerosos prejuicios que generan rechazo en la población, sufren un proceso de deshumanización, tras el que la población acaba convencida de que las personas privadas de libertad tienen lo que se merecen porque “se han portado mal” y han de ser castigadas.

En las mujeres este proceso es especialmente interesante, el número de población femenina reclusa ha sufrido un gran aumento en los últimos años y, en España, este fenómeno se ha estudiado bastante. Una de las autoras  más sonadas es Naredo (2005) que tras hacer un interesante balance de causas y consecuencias de este aumento, señala un factor que consideramos determinante: la tendencia en auge a la criminalización de comunidades minoritarias.

En la realidad de los centros penitenciarios españoles, el perfil de las mujeres reclusas no atiende a un marcado deterioro personal o físico, ni a identidades carentes de habilidades o de escasa adaptación social… y ni tan siquiera la gran mayoría de ellas presentan problemas de desarraigo familiar. Son mujeres tratando de desenvolverse en un contexto “anormal” que las hace invisibles. Tratan de sobrellevar las circunstancias de desventaja a las que se ven sometidas (escasa separación en los módulos ya sea por edad, situación procesal o tipología de delito, cuando en los hombres esto es indispensable) y de adaptarse a un entorno hostil.

Dado el panorama que se ha expuesto, consideramos que la reducción del prejuicio hacia este colectivo especialmente vulnerable e invisibilizado ha de ser inminente y reflexiva. Partiendo de una educación que fomente la socialización parental no prejuiciosa, un aprendizaje colaborativo que promueva la aceptación de todas las realidades sociales y que favorezca una participación extracurricular que, mediante actividades no formales, organice una mente consciente de los problemas del mundo real.

Para esto, podemos utilizar una serie de técnicas y estrategias sencillas, avaladas empíricamente y trasladadas desde otros contextos conflictivos al que nos ocupa en esta ocasión.

En primer lugar, vamos a hablar de la “Teoría del procesamiento activo” que viene a demostrar que un contacto breve con una persona reclusa, podría generar cambios duraderos en la mentalidad de las personas prejuiciosas. Esto se basa en la necesidad de ver el mundo desde el punto de vista ajeno, si además conseguimos relacionarlo con situaciones en las que nosotras mismas hayamos sido víctimas de prejuicios, generaremos más empatía y, en consecuencia, una conducta de cambio hacia la tolerancia. Este efecto es exponencialmente más visible y rápido cuando la mujer reclusa explica en primera persona y directamente, que se siente discriminada e injustamente valorada (Broockman & Kalla. 2016).

Otra técnica verdaderamente útil es la “inducción de conflicto moral”. Aplicado a mujeres reclusas podemos plantearlo de la siguiente forma: frente a la concepción penitenciaria punitiva, que transmite un discurso prejuicioso y negativo hacia quienes infringen las normas, coexiste un discurso más realista, consciente de que es muy fácil incurrir en actividades delictivas de forma no intencionada o bien como medida desesperada, pero que, desde luego, puede afectar a cualquiera. El discurso negativo es producto de un proceso automático, aprendido, y para reducirlo es necesario cambiar la asociación automática por sentimientos, creencias y actitudes no prejuiciosas, a través de la reflexión. Para ello, es útil cuestionarse la funcionalidad del prejuicio, es decir, si en tu discurso diario abogas por valores como igualdad, justicia social y humanidad, ¿no es hipócrita discriminar a una mujer por ser reclusa? Este proceso puede ser mucho más significativo si una persona con la que tienes lazos sentimentales como tu esposa, madre, hermana… entra en prisión (Herek & McLemore, 2013).

La tercera y última estrategia se basa en la “imitación de un referente social”. Esta estrategia funciona principalmente en grupos pequeños, a los que nos sentimos unidas y por los que nos consideramos representadas. En estas condiciones, si un referente importante del grupo (“líder”) presenta un cambio de actitud, o directamente, utiliza un discurso libre de prejuicios hacia las mujeres reclusas, hará que gran parte de la comunidad, por mera imitación, genere un patrón social de normalización de la conceptualización de las mujeres reclusas y erradicación de la discriminación del colectivo (Paluk, Shepherd & Aronow, 2016). De ahí la importancia de visibilizar a este colectivo, y de que sean personas con gran capacidad de influencia social las que lo hagan.

Para concluir, una pequeña reflexión: la cárcel no es más que una representación en miniatura de la sociedad, hay jerarquías, hay sexismo y hay desigualdad.

Hay mucho trabajo que hacer dentro de prisión, claro que sí; también hay que hacer una gran apuesta por la educación social para evitar delitos, por supuesto; pero no podemos perder de vista que la prisión es una realidad del hoy. Debemos preparar a la sociedad para que aprenda a acoger a las personas que salen, y, sobre todo, a esas mujeres a las que hemos deshumanizado e invisibilizado y que a su vuelta a la sociedad se encuentran con indiferencia y más discriminación. Debemos cambiar, abrir las mentes y reflexionar sobre qué tipo de sociedad queremos ser.

Isabel Rodríguez


BIBLIOGRAFIA

Alameda, E., Di Nella, D. & Navarro, C. (2012). Women, prisons and drugs: data and reflections. Oñati Socio-legal Series, 2 (6), 122-145.

Broockman, D., & Kalla, J. (2016). Durably reducing transphobia: A field experiment on door-to-door canvassing. Science, 352, 220-224.

Godsil, R. D., Tropp, L. R., Goff, P. A., Powell, J. A., & MacFarlane, J. (2016). The science of equality, vol. 2: The effects of gender roles, implicit bias and stereotype threat on the lives of women and girls. Perception Institute.

Herek, G., McLemore, K. (2013). Sexual Prejudice. Annual Reviews Psychology, 64, 309-333.

Herrera, M (1993). Mujeres y Prisión. Cuadernos de Política Criminal, 49, 339-354.

Naredo, M. (2005). ¿Qué nos enseñan las reclusas? La criminalización de la pobreza desde la situación de reclusas extranjeras y gitanas.

Paluck, E.L. Shepherd, H., & Aronow, P. (2016). Changing climates of conflict: A social network driven experiment in 56 schools. PNAS, 113, 566-571.

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