Edadismo ¿Qué es?

APROXIMACIÓN SOCIOLÓGICA A LOS PREJUICIOS DE LA VEJEZ

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Con el envejecimiento de la población mundial, los prejuicios hacia las personas por condición de edad van acrecentándose. Ahora bien, ¿por qué se mantienen estos prejuicios? ¿es realmente la edad un aspecto que condena la propia vida? ¿hasta qué punto esta condena impuesta es similar entre hombres y mujeres? y ¿qué podemos hacer para huir de estos prejuicios que provocan la exclusión social de la vejez?. Todas estas preguntas han obtenido respuestas desde un enfoque psicosocial. Adéntrate en esta pequeña aportación literaria para comprender la relevancia de la problemática, y anímate tras la lectura a “subirte al tren desmitificador de la tercera edad”. La lucha es mía; también tuya. La lucha es por ende, de todos y todas.


¿Que cuántos años tengo?

¿Que cuántos años tengo?

¡Qué importa eso!
¡Tengo la edad que quiero y siento!
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
Hacer lo que deseo,
sin miedo al fracaso o lo desconocido…
Pues tengo la experiencia de los años vividos
y la fuerza de la convicción de mis deseos.
¡Qué importa cuántos años tengo!
¡No quiero pensar en ello!
Pues unos dicen que ya soy viejo
otros “que estoy en el apogeo”.
Pero no es la edad que tengo,
ni lo que la gente dice,
sino lo que mi corazón siente
y mi cerebro dicte.

Tengo los años necesarios
para gritar lo que pienso,
para hacer lo que quiero,
para reconocer yerros viejos,
rectificar caminos y atesorar éxitos.
Ahora no tienen por qué decir:

 

¡Estás muy joven, no lo lograrás!…
¡Estás muy viejo/a, ya no podrás!… Tengo la edad en que las cosas

se miran con más calma,
pero con el interés de seguir creciendo.
Tengo los años en que los sueños,
se empiezan a acariciar con los dedos,
las ilusiones se convierten en esperanza.
Tengo los años en que el amor,
a veces es una loca llamarada,
ansiosa de consumirse en el fuego
de una pasión deseada.
y otras… es un remanso de paz,
como el atardecer en la playa…
¿Que cuántos años tengo?
No necesito marcarlos con un número,
pues mis anhelos alcanzados,
mis triunfos obtenidos,
las lágrimas que por el camino derramé
al ver mis ilusiones truncadas…
¡Valen mucho más que eso!
¡Qué importa si cumplo cincuenta,
sesenta o más! Pues lo que importa:
¡es la edad que siento! Tengo los años
que necesito para vivir libre y sin miedos.

 

 

José Saramago

 

El planeta azul envejece. Esto es un hecho inminente en la población tanto en países en desarrollo como ya desarrollados, debido al descenso sostenido en las tasas de natalidad y al incremento de la esperanza de vida. El estado español, en 2015, según los datos del padrón continuo (INE), contaba con un 18,4% de personas mayores de 65 años del total de 46.624.382 de españoles, y la proporción de octogenarios creció representando el 5,8% de la totalidad. Cataluña, Andalucía y Madrid son las comunidades autónomas con más población de edad, superando el millón de personas cada una; y las cifras van aumentando. Tal es el crecimiento, que el pasado 2016, el INE predijo una cifra del 38,7% de personas ancianas sobre territorio español. Más allá de la tierra patria, nuestros vecinos alemanes, italianos y británicos también ocupan las primeras posiciones de población más envejecida en la Unión Europea (EUROSAT, 2014).

En Psicología Social, el estudio de las personas mayores se ha llevado a cabo analizando las relaciones que mantienen los miembros de la sociedad y los vínculos que establecen los grupos a los que éstos pertenecen. Los atributos más salientes de las personas cumplen un papel esencial en la forma en la que éstas son categorizadas. De este modo, la edad como tal es una de las primeras características que usamos a la hora de describir a alguien (Expósito, 2005). Una característica, no obstante, que suele adquirir connotaciones controvertidas. Como diría José Saramago, la edad nos indica las metas que podemos alcanzar y a cuáles debemos renunciar: “¡Estás muy joven, no lo lograrás!, ¡Estás muy viejo, ya no podrás!”. En base a esto, cumplir años desempeña entonces una importante función: Desde siempre, la edad ha provocado que las personas sean caracterizadas con una serie de particularidades rígidas que definen su propia esencia y a partir de éstas, se determina si son aptas o no para realizar ciertos comportamientos (Beiger y Luckmann, 1966).  Es así como surge la defensa de los mitos asociados a la vejez, que se manifiestan a través de estereotipos negativos (como la incapacidad física y/o mental). Estos mitos a su vez conducen al edadismo y a la exclusión social de la ancianidad.

Pese a que el edadismo se define como el prejuicio (ver entrada de Marta Sueiro: ¿qué es el prejuicio?) y la discriminación contra cualquier persona por condición de edad, la mayoría de las investigaciones realizadas se han centrado en estudiar los prejuicios hacia la vejez. Aunque en este colectivo, el edadismo puede ser tanto hostil como benevolente, ambos incurren en actos discriminatorios. Mientras que en el primer caso, el/la perceptor/a  siente una aversión extrema hacia la persona mayor; en el segundo, el/la perceptor/a evalúa a la persona mayor a través de estereotipos benévolos basados en el miedo de su propio envejecimiento (Nelson, 2005). En la línea de la teoría del contacto intergrupal (Allport, 1954), las personas valoran de forma más negativa la vejez como grupo homogéneo, pero sin embargo, evalúan de forma más positiva o menos negativa a las personas cercanas del colectivo con las que mantienen buen contacto (p.ej. familiares). Por el contrario, se observa en quiénes cuidan a personas mayores en residencias, que el contacto negativo con los/las ancianos/as tiene como consecuencia más deshumanización (Drury et. al, 2017).  En general, de acuerdo con el modelo del contenido de los estereotipos (SCM) (Cuddy y Fiske, 2002) los/las jóvenes tienden a percibir al colectivo de la ancianidad como incompetente pero amable. La percepción de incompetencia lleva además a que reciban un trato infantilizado.

Pese a que los hombres no son inmunes a recibir los prejuicios por condición de edad, los objetivos de estas valoraciones negativas y quiénes sufren las consecuencias de las mismas, son en mayor medida, las mujeres.

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Esto se debe en primer lugar a que la vejez tiende a feminizarse y por tanto, el sexo predominante en esta etapa es el femenino. En 2014, en el estado español, las mujeres tenían una esperanza de vida de 85,6 años frente a los 80,1 años de los hombres (INE, 2015). En segundo lugar, recurriendo a la teoría del rol social (Eagly, 1987) la mujer sería doblemente discriminada porque tradicionalmente ha estado relegada al ámbito doméstico; por lo que la edad es una razón más para mantenerla en la esfera privada. Además, las mujeres son percibidas como mayores antes que a los hombres y pasan a ser invisibles mucho antes que ellos, destacando el estándar del envejecimiento <<los hombres maduran; las mujeres envejecen>>. En los hombres, incluso algunas características de madurez son deseables para la sociedad, pero en las mujeres el canon de belleza socialmente aceptado reside en los rasgos de la juventud. Asimismo, sufren más estigma sexual, ya que socialmente para lograr la satisfacción vital, las mujeres deben sentirse sexualmente atractivas y deseables por los hombres (De Lemus y Expósito, 2005) (*).

(Fragmento de la película “Calle Mayor”) (*)

https://www.youtube.com/watch?v=Ykx_izcL8bg&t=47s

Más allá de los procesos de evaluación negativa que  hacen asumir que la edad avanzada de las personas es inherente a sus limitaciones físicas, mentales, de comportamiento y a los limitados propósitos que deben ser planteados en esta etapa, cabe destacar, que la edad cumple también  una función protectora. Ésta consiste en permitir minimizar en la medida de lo posible, los impactos negativos asociados a las pérdidas de seres queridos o asociados a los cambios experimentados por nosotros/as en el proceso de envejecimiento (Beiger y Luckmann, 1966). En este sentido, el Modelo de la identidad social del cambio de identidad, SIMIC) (Jetten et al. 2009)  ha demostrado que tener contacto con personas de nuestro entorno social como amistades y familiares así como pertenecer a múltiples grupos sociales y mantenerse en ellos durante esta etapa de transición vital, que se asocia con cambios tan drásticos como la jubilación, permite proteger la salud, el bienestar y reducir el riesgo de muerte prematura (Steffens et al. 2016; http://journal.frontiersin.org/article/10.3389/fpsyg.2016.01519/full)

Con todo esto, asumir el avance de la edad y reconciliarnos con el envejecimiento al que todos/as estamos expuestos/as, es la mejor forma de que nosotros/as mismos/as, como agentes evaluadores de la sociedad, escapemos de los estereotipos, los prejuicios y la discriminación de las personas mayores, pues al fin y al cabo, <<no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte>>.

Te invito ahora a subirte al “tren desmitificador” de la vejez:

tren-blog

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2016/12/14/madrid/1481732081_509287.html    

http://elpais.com/elpais/2017/01/03/mordiscos_y_tacones/1483468318_944920.html 

http://politica.elpais.com/politica/2016/11/22/actualidad/1479818591_582025.html 

http://elpais.com/elpais/2016/11/28/buenavida/1480349409_457298.html     

http://www.elespanol.com/ciencia/salud/20170104/183481852_0.html 

http://smoda.elpais.com/celebrities/iris-apfel-91-anos-y-leyenda-viva-del-estilo/

Andrés Riquelme


BIBLIOGRAFÍA

Allport, G. (1954). The nature of prejudice. Reading, MA: Perseus Book Publishing.

Beiger,P. & Luckmann,T.(1966). The social construction of reality. Nueva York: Doubleday.

Cuddy, A. J. C., & Fiske, S. T. (2002). Doddering but dear: Process, content, and function in stereotyping of older persons. In T. D. Nelson (Ed.), Ageism: Stereotyping and prejudice against older persons (pp. 3–26). Cambridge, MA: MIT Press.

De Lemus, S. y Expósito, F. (2005). Nuevos retos para la Psicología Social: edadismo y perspectivas de género. Pensamiento Psicológico, 1 (5), 33-51.

Dury, L., Abrams, D., Swift, H. J., Lamount, R. A., & Gerocova, K. (2017). Can caring create prejudice?. An investigation of positive intergenerational contact in care settings and the generalisation of blatant and subtle age prejudice to other older people. Journal of Community & Applied Social Psichology, 27 (1), 65-82.

Eagly, A.H. (1987). Sex differences in social behavior: A social role interpretation. Hillsdale, NJ: Erlbaum.

Expósito, F. (2005). Antecedentes históricos de la Psicología Social Aplicada. En F. Expósito y M. Moya (Eds.), Aplicando la Psicología Social (23-44). Madrid: Pirámide.

Jetten, J., Haslam, C., Haslam, S. A., & Branscombe, N. (2009). The social cure. Sci. Am. Mind 20, 26–33.

Nelson, T. D. (2005). Ageism: Prejudice against our feared future self. Journal of Social Issues, 61(2), 207–221.

Steffens, N. K., Jetten, J., Haslam, C., Cruwys, T. & Haslam, S. A. (2016). Multiple Social Identities Enchance Health Post-Retirement Because They Are a Basis for Giving Social Support. Frontiers in Psychology, 7 (1519), 1-11.

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